CÍCLADAS
Súbitamente he amanecido
en una hermosa playa de las Cícladas:
veo brillar los restos de un naufragio
y al cuerpo desnudo de una muchacha
dorándose al sol.
Un cangrejo escarlata jugaba a esconderse
en su sexo de arena y luz.
La muchacha sonreía sin abrir los ojos.
No había nadie en la playa
salvo la enorme sombra de un albatros,
los restos de un trirreme,
un ánfora desbordada de hidromiel,
la muchacha desnuda y su cangrejo...
Ella dormía, y al despertar yo ya no estaba
sobre la arena blanca como un dios de espuma.
Ya no era parte de su sueño,
ya no rozaban sus pies la fresca brisa de mi ardor.
Había regresado a mi hogar o a sus cenizas.
¿Volveré a esa hermosa playa de Naxos
cuando Ella otra vez cierre los ojos
y caiga en un sueño profundo?
Las olas, un festón de espumas blanquísimas, relamen
a un trozo de mármol sobre la orilla:
la estatua ocre y musgosa de una mujer sin cabeza.
